“Faustino”
Escrito por: Arinson Castro Fabián
En cada despertar del día a Faustino
lo embargaba un espléndido deseo de experimentar por vez primera al lado de su
padre, la dura y necesaria faena que este diariamente realizaba.
Cada día, cuando el cielo se teñía de
gris, Demetrio, el padre de Faustino, con su tenue y larga cara, caminaba por
el angosto y oscuro pasillo que conducía al cuarto. Allí colocaba los variados artículos que llevaría a vender
al pueblo al día siguiente. Al canto intermitente de los gallos, Demetrio despertaba
paulatinamente, cada día y con voz tenue y agradable le decía a su esposa.
-¡Fela!, levántate a colar el café.
Con actitud placida, Rafaela despedía
la sábana de su largo y arrugado cuerpo para dirigirse, como de costumbre, a la
cocina. Pero, no sin antes escuchar la vocecilla del pequeño Faustino. Era un
chiquillo de ocho años, el más pequeño de 5 hermanos, todos ya grandes, era la
luz de vida de su padres. De ojos marrones y joviales, tez morena, cabellos
rizos maltratados que parecían mesclar el amarillo de la tierra con el oscuro
azabache. Lleno de encanto y de inocencia, a su corta edad había desarrollado
un profundo sentido de humildad y obediencia, fruto de la austeridad que le
rodeaba. Su madre se alegraba de verlo corretear hacia su padre e interrogarle
con su angelical vocecilla:
-Pa, ¿Cuándo tú me vas a llevar al
pueblo contigo?
-Te llevaré cuando cumplas nueve
años.-Respondía con serenidad Demetrio
-Pa, pero todavía falta un año pa
eso.
-no te preocupes Faustino, apenas
eres niño de muy poca edad.
Demetrio extendió sus tersas manos y acarició
suavemente la dulce mejilla de su hijo. Al marcar el reloj las siete de las mañana,
Demetrio, sacando un cigarrillo de su bolsillo derecho de su pálida camisa, se
dirigió con paso súbito a la terraza y mirando el ingenuo rostro de Rafaela, le
decía:
-¡Fela!, pásame la mercancía que la
hora avanza y tengo que llevarle un canastillo a una cliente que me lo encargó.
-Tú siempre te preocupas por la hora,
¡total!, tarde o temprano te lo van a comprar de toa, manera dijo ella-.
De Lunes a Sábado Demetrio se
trasladaba en una antigua guagua azul con las puertas negras a Palo Amarillo,
lugar en que vendía sus artículos de cocina, todo el día hasta las seis de la
tarde, Demetrio recorría doce kilómetros a pie, en aquel sosegado lugar. Al
escuchar los seis estrepitosos toques del reloj del cuartel que indicaban las
seis de las tarde, Demetrio retornaba agobiado a su casa. Aquel día había algo
diferente en la expresión de su rostro, como si lo agobiase más que su faena diaria, esa sería
la primera vez que le permitiría a Faustino acompañarlo , confiando en que
fuese la última.
-Faustino, mi hijo, el sábado, una
cliente mia quiere que tu vaya comnmigo pa’ conocerte.
-¡Anda pa’! ¿Puedo tejer cinco
canasticas y llevarla a vender contigo?
-Téjela y llévala, a ver si las vende
mi hijo.
Un gran júbilo se apoderó del corazón de
Faustino y se dibujó en sus labios una hermosa y simétrica sonrisa. Con su
dulce y estrepita voz, le dijo a su padre:
-¡Te quiero mucho pa!.
Ante aquella dulce y sincera expresión
de afecto, salida del inocente corazón de su hijo, Demetrio sintió la urgente
necesidad de decirle a su hijo, alguna luz de sabiduría, que por más rustica
que fuese, le serviría de alguna manera.
-Mi hijo me pongo viejo y me gasto
vendiendo día a día pa que estudie y no pase hambre. El sábado va conmigo pero
no pa que te quede en eso, solo por eta
ve, pero tú no vuelve ma a pasar eso.
-pero pa’ cuando yo te acompañe a vender
te voy a ayudar con la mercancía, pa que no te ponga ma viejo. Adema, pa’ yo
tengo que ta contigo porque pa pode aprende como vender porque cuando yo sea
grande lo voy a tener que hacer yo solo.
Al ver la determinación del pequeño
Faustino, Demetrio sintió una sombra de resignación que se apoderaba de su ánimo,
y le dijo con la voz apagada y casi entrecortada.
-¡Ah muchacho!, todavía no conoce mucha
realidade de la vida…
Al saludar el cantar de los pájaros,
el alba del día se escuchaba a lo lejos el armonioso caudal del rio Yaque,
fausto intrépidamente se liberó de la gruesa sábana que lo cubría y con una
dulce y angelical voz dio gracias a Dios por el nuevo día, luego dijo a su
padre:
¡Pa!, voy a amarrar las canasticas que
ya la guagua casi viene.
Faustino, hijo mi hijo, ponte una
gorra que el sol de la tarde se pone muy caliente, y vamo a caminar mucho.
En muchas de las arduas y asiduas
jornadas de Demetrio, Faustino gustosamente lo acompañaba. Calle tras calle,
Demetrio y Fausto pregonaban sus mercancías. Muchas personas, de buen corazón
al ver al niño, de apenas nueve años, se compadecían de él y le compraban una o
dos canastitas por cincuenta centavos y le daban algo de comer.
Al retornar a la casa, Faustino
tomaba un poco de café y con actitud ecuánime ayudaba a su padre a organizar
las mercancías para la faena del día
siguiente. De vez en cuando se detenía un momento en la entrada del pueblo al
mirar hacia atrás le parecía escuchar la voz de su padre, mezclándose con el
viento en una sola melancolía.
-¡Ah muchacho!, todavía no conoce
mucha realidade de la vida…
MUY BUENA PRODUCCION!!!
ResponderEliminarExcelente, sigue practicando la escritura creativa!
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