sábado, 26 de noviembre de 2016



“Faustino”
Escrito por: Arinson Castro Fabián

En cada despertar del día a Faustino lo embargaba un espléndido deseo de experimentar por vez primera al lado de su padre, la dura y necesaria faena que este diariamente realizaba.
Cada día, cuando el cielo se teñía de gris, Demetrio, el padre de Faustino, con su tenue y larga cara, caminaba por el angosto y oscuro pasillo que conducía al cuarto. Allí colocaba  los variados artículos que llevaría a vender al pueblo al día siguiente. Al canto intermitente de los gallos, Demetrio despertaba paulatinamente, cada día y con voz tenue y agradable le decía a su esposa.
-¡Fela!, levántate a colar el café.
Con actitud placida, Rafaela despedía la sábana de su largo y arrugado cuerpo para dirigirse, como de costumbre, a la cocina. Pero, no sin antes escuchar la vocecilla del pequeño Faustino. Era un chiquillo de ocho años, el más pequeño de 5 hermanos, todos ya grandes, era la luz de vida de su padres. De ojos marrones y joviales, tez morena, cabellos rizos maltratados que parecían mesclar el amarillo de la tierra con el oscuro azabache. Lleno de encanto y de inocencia, a su corta edad había desarrollado un profundo sentido de humildad y obediencia, fruto de la austeridad que le rodeaba. Su madre se alegraba de verlo corretear hacia su padre e interrogarle con su angelical vocecilla:
-Pa, ¿Cuándo tú me vas a llevar al pueblo contigo?
-Te llevaré cuando cumplas nueve años.-Respondía con serenidad Demetrio
-Pa, pero todavía falta un año pa eso.
-no te preocupes Faustino, apenas eres niño  de muy poca edad.
Demetrio extendió sus tersas manos y acarició suavemente la dulce mejilla de su hijo. Al marcar el reloj las siete de las mañana, Demetrio, sacando un cigarrillo de su bolsillo derecho de su pálida camisa, se dirigió con paso súbito a la terraza y mirando el ingenuo rostro de Rafaela, le decía:
-¡Fela!, pásame la mercancía que la hora avanza y tengo que llevarle un canastillo a una cliente que me lo encargó.
-Tú siempre te preocupas por la hora, ¡total!, tarde o temprano te lo van a comprar de toa, manera dijo ella-.
De Lunes a Sábado Demetrio se trasladaba en una antigua guagua azul con las puertas negras a Palo Amarillo, lugar en que vendía sus artículos de cocina, todo el día hasta las seis de la tarde, Demetrio recorría doce kilómetros a pie, en aquel sosegado lugar. Al escuchar los seis estrepitosos toques del reloj del cuartel que indicaban las seis de las tarde, Demetrio retornaba agobiado a su casa. Aquel día había algo diferente en la expresión de su rostro, como si  lo agobiase más que su faena diaria, esa sería la primera vez que le permitiría a Faustino acompañarlo , confiando en que fuese la última.
-Faustino, mi hijo, el sábado, una cliente mia quiere que tu vaya comnmigo pa’ conocerte.
-¡Anda pa’! ¿Puedo tejer cinco canasticas y llevarla a vender contigo?
-Téjela y llévala, a ver si las vende mi hijo.
 Un gran júbilo se apoderó del corazón de Faustino y se dibujó en sus labios una hermosa y simétrica sonrisa. Con su dulce y estrepita voz, le dijo a su padre:
-¡Te quiero mucho pa!.
Ante aquella dulce y sincera expresión de afecto, salida del inocente corazón de su hijo, Demetrio sintió la urgente necesidad de decirle a su hijo, alguna luz de sabiduría, que por más rustica que fuese, le serviría de alguna manera.
-Mi hijo me pongo viejo y me gasto vendiendo día a día pa que estudie y no pase hambre. El sábado va conmigo pero no  pa que te quede en eso, solo por eta ve, pero tú no vuelve ma a pasar eso.
-pero pa’ cuando yo te acompañe a vender te voy a ayudar con la mercancía, pa que no te ponga ma viejo. Adema, pa’ yo tengo que ta contigo porque pa pode aprende como vender porque cuando yo sea grande lo voy a tener que hacer yo solo.
Al ver la determinación del pequeño Faustino, Demetrio sintió una sombra de resignación que se apoderaba de su ánimo, y le dijo con la voz apagada y casi entrecortada.
-¡Ah muchacho!, todavía no conoce mucha realidade de la vida…
Al saludar el cantar de los pájaros, el alba del día se escuchaba a lo lejos el armonioso caudal del rio Yaque, fausto intrépidamente se liberó de la gruesa sábana que lo cubría y con una dulce y angelical voz dio gracias a Dios por el nuevo día, luego dijo a su padre:
¡Pa!, voy a amarrar las canasticas que ya la guagua casi viene.
Faustino, hijo mi hijo, ponte una gorra que el sol de la tarde se pone muy caliente, y vamo a caminar mucho.
En muchas de las arduas y asiduas jornadas de Demetrio, Faustino gustosamente lo acompañaba. Calle tras calle, Demetrio y Fausto pregonaban sus mercancías. Muchas personas, de buen corazón al ver al niño, de apenas nueve años, se compadecían de él y le compraban una o dos canastitas por cincuenta centavos y le daban algo de comer.
Al retornar a la casa, Faustino tomaba un poco de café y con actitud ecuánime ayudaba a su padre a organizar las mercancías  para la faena del día siguiente. De vez en cuando se detenía un momento en la entrada del pueblo al mirar hacia atrás le parecía escuchar la voz de su padre, mezclándose con el viento en una sola melancolía.

-¡Ah muchacho!, todavía no conoce mucha realidade de la vida…

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